Guillermo Tell Aveledo, politólogo: “La crisis venezolana desde hace mucho tiempo es una crisis de civilización y de civilidad”

Aún es muy pronto para cuantificar las labores de los gobiernos en torno al manejo de la pandemia por COVID-19, piensa el politólogo y profesor universitario Guillermo Tell Aveledo, quien asegura que “lo esencial es que esa revisión de la aplicación de medidas en defensa de la sociedad vaya en esa posibilidad de que esa sociedad las evalúe” ¿Saldrán fortalecidos los valores democráticos? ¿Cómo transitamos entre la necesidad de la ciencia y la necesidad de la política?

Indudablemente nuestro presente está conectado a nuestro pasado. Y en el pasado, como en nuestro presente, hay conflictos no resueltos, la búsqueda de un gendarme necesario, entre muchas otras cosas. Lo cierto es que usted ha dicho en varias oportunidades que tenemos una vida moderna incivilizada.

En efecto esto es algo que yo he afirmado muchas veces. El problema venezolano no es un problema político o económico meramente, esto son manifestaciones de un problema general que es la crisis de la vida civilizada en el país. A lo que nos referimos con eso es a la existencia de unas normas colectivamente vinculantes, legítimas, de unas pautas de conducta que además sirvan para no tener el abuso entre extractores y víctimas. Que no exista esa según la cual hay una enorme capa de la sociedad que está constantemente abusada, victimizada por otros y otro sector de la sociedad que es esencialmente un parásito del resto. Eso es parte de lo que no debe ser una vida civilizada. Una vida civilizada es aquella en la cual cada uno de sus individuos, comunidades, familia, hogar, tiene la posibilidad de que en sí mismo y con cada uno de sus miembros florezcan a una vida más decente, segura, regular. Donde no se viva en cierto modo con el temor constante del final de la vida, donde todo es absolutamente precario. Hablamos a veces de burbujas, de momentos de sosiego, pero en el fondo esas burbujas no son completamente herméticas y son muy frágiles, como pompas de jabón, que cualquier crisis fuera del sistema las agobia. Pensemos en nuestros hábitos de consumo, en nuestros hábitos de vida, cómo estos que han sido construidos a lo largo de décadas de costumbres, de cambios de patrón de lo rural a lo urbano, de cambios de patrones en el mundo entero durante el siglo XX sí más sedentarios, sí más mecanizados, pero también más sanos, salubres, potables y llevaderos. Todo eso es precario.

Cuando vivimos en esa vida civilizada teníamos esa expectativa de servicios y una expectativa de poder exigirlos para poder tenerlos en el futuro. ¿Y qué es lo que ha ocurrido? Que eso ha ido decayendo. En esencia esto nos conecta con un pasado de construcción y desarrollo que se interrumpió dramáticamente por nuestra crisis de la deuda, económica de los años ochenta. Se interrumpió también por las políticas de autoridades que tuvieron que tratar de balancear en los años noventa nuestros desequilibrios económicos. Y después se interrumpió maquilladamente por la bonanza petrolera, una gran expansión del consumo sin que hubiera las bases estructurales para mantener ese consumo esos patrones de vida hacia una vida más estable. Todo esto bajo el agravamiento de la situación del estado de derecho, que es la base de todo. Donde hay estado de derecho, donde hay entonces normas de conducta, colectivamente vinculantes, que sean además normas llevaderas y legítimas, pues tenemos la base para una vida civilizada.

En medio de la pandemia, y donde la prioridad es la salud y los sistemas de salud, las debilidades o las fortalezas democráticas parecen haber quedado, en el mundo entero, en un segundo plano. Luego del confinamiento ¿volveremos a tener sociedades democráticas más fuertes o tendremos mayores debilidades?

En las sociedades que no son democráticas va a ser más difícil volver a los valores democráticos. Pero la esperanza democrática va a radicar para empezar en una creencia sin la cual no hay democracia posible. Si los individuos no piensan que ellos son iguales que los demás, no vale la pena considerar a la democracia como régimen político. Si nosotros no abrigamos la creencia de que valemos igual que los demás, que los demás valen igual que nosotros y, por lo tanto, ellos tanto como nosotros están dotados de una dignidad, de unos derechos, de unas capacidades, de una racionalidad que les permite no solo ser decisores y promotores de ciertas medidas sino que les permite ser gobierno. Si nosotros no creemos que el ser humano sea capaz de gobernarse a sí mismo, y siempre creemos que es doloso, perezoso, cruel, ladino, mentiroso, vamos a fortalecer regímenes totalitarios. Entonces, la esperanza de la democracia va a radicar en la promoción de esa creencia, que es una creencia valorativa, moral. Si esto no existe no está lo demás. Pero además, podemos anotar la esperanza en la democracia en la esperanza de que es una mejor forma de gobierno porque basados en esa garantía, más allá de sus errores, de las carencias de los políticos en su momento, lo esencial es que esa democracia va a permitir que esos gobernantes sean responsables, que haya un estado de derecho que después de la emergencia los remita y les exija rendir cuentas. Si esto no lo consideramos, no podemos tener esperanza en la democracia, ni en su valor general ni en sus aparatos fundamentales, sus instituciones. Y esto es esencial para comprender que es lo que está en juego.

En el mundo contemporáneo está la idea de la propaganda entre un régimen autoritario de despliegue global como lo es el chino, y está la idea de las democracias occidentales apabulladas por el virus. Los datos explícitos de cuáles van a ser los resultados de esta pandemia todavía no los podemos adivinar. Pero no podemos caer en la mera propaganda, de repente algunos sistemas autoritarios van a ser más eficientes en su gestión del virus, pero lo esencial es que esa revisión de esa aplicación de medidas en defensa de la sociedad vaya en esa posibilidad de que esa sociedad evalúe esas medidas, que evalúe la gestión de sus gobernantes. Si no, son palabras vanas, son hechos que lo que generan es absoluta suspicacia.

¿Cómo puedo yo decir, si soy habitante de un sistema autoritario, si lo que me está diciendo el gobierno es verdad? ¿Puedo confiar plenamente en el gobierno más allá de las medidas razonables, de las medidas mínimas que puedo esperar de él? ¿Puedo esperar que este gobierno sea responsable cuando me ocurra algo cuando en verdad no se ha preparado en la atención de la dignidad humana a la que está obligado de acuerdo con nuestras normas constitucionales? Si soy parte de un sistema autoritario, difícilmente voy a tener capacidad de exigir. Si soy parte de un sistema democrático o tengo la esperanza de estar en un sistema democrático, esa es la exigencia que puedo hacer. Y esa es la gran ventaja moral y práctica de los sistemas democráticos.

Es tiempo de ciencia, no de política. Sin embargo, nuestro propio devenir en los últimos años nos obligaba a hacer más política. ¿Cómo transitamos entre la necesidad de la ciencia y la necesidad de la política? ¿Cómo, dándole prioridad a la ciencia, podemos entender las necesidades políticas del momento?

Hay quienes han sugerido que la ciencia no debería ser política. Y esto es una media verdad en el sentido de que la ciencia no debe ser el instrumento de unos valores políticos ya preconcebidos que resuelvan que sus descubrimientos –porque la ciencia persigue la verdad, interpretar la naturaleza por medio del método científico para darnos una visión más clara de cómo atender la amenaza, las variabilidades de este universo- esa búsqueda de la verdad no puede estar preconcebida, no puede andar con prejuicios, eso es lo contrario a la ciencia. La ciencia más bien derrumba mitos. Todas las ciencias, las ciencias naturales, las técnicas, las humanas, las sociales, las económicas, todas ellas tienen esa aspiración: buscar cómo funciona la dinámica cósmica, universal, natural, social.

Pero ¿quiere decir esto que las aplicaciones de la ciencia son neutrales? No necesariamente. Y allí es donde entra la política. Y una buena política, una política democrática, va a ser aquella que esté basada justamente en la concertación de que las soluciones derivadas de la ciencia –que son soluciones técnicas, que no tienen una inclinación moral particular- puedan ser usadas de acuerdo con los valores que la sociedad misma se dé, que la sociedad misma legitime, atienda. ¿Y estos cuáles son en democracia? Ya sabemos que es el tema de la igualdad. Entonces es atender a los más vulnerables, a los más débiles. En el caso de una pandemia: las poblaciones de riesgo, las poblaciones cuyo riesgo no se ve aumentado por razones fisiológicas sino económicas, sociales. El atender los deberes que se tiene ante la salud general del público. Todas esas son medidas que en casi todos los estados democráticos que se consideren como tales están sostenidas en sus normas, en sus instituciones.

Cuando yo meramente declaro que eso es así pero en realidad no he hecho nada para favorecerlo y lo que hago es perseguir a la sociedad cuando me exige respuestas, perseguir a los técnicos y a los científicos cuando dan las claves de lo que puede ocurrir y cómo se puede empeorar o mitigar una situación ¿estoy siendo, en efecto, democrático? ¿Estoy usando la política para mejor atender a la sociedad? ¡No! Si la política buena es la política que busca el bien común y el bien común aquí es la medida mínima de la supervivencia de la sociedad, la comunidad, los individuos, pues cuando yo desatiendo mis deberes para con la salud pues estoy amenazando no solo la vida política, mi legitimidad, sino en esencia la supervivencia de esa sociedad. Y esto es sumamente grave y nos devuelve al primer punto ¿dónde está el tema de la civilización? La crisis venezolana desde hace mucho tiempo es una crisis de civilización y de civilidad, de las maneras en las que podemos obtener una vida regular, segura, confiable, tranquila, sana. Que no tengamos que temer por nuestra vida porque buscamos recursos para sostener lo que es una burbuja precaria, porque estamos angustiados y agobiados, porque se nos cae el mundo encima, porque de la noche a la mañana nuestra vida se transformó de algo relativamente llevadero en un valle de lágrimas, en algo absolutamente atroz.

Esa precariedad y ese temor con el que muchos venezolanos hoy salen a enfrentar al mundo es quizás la muestra más grande de los problemas de nuestra civilización, de nuestra civilidad, y del grande desequilibrio de poder que existe en sociedades como la nuestra.

Sin duda debemos encontrar una esperanza democratizadora y no hemos sabido. Pero eso es algo que debemos buscar los ciudadanos, que está en nosotros mismos. ¿Cómo transitamos ese camino?

Es natural que en momentos de grandes crisis, de grandes emergencias sociales, los poderes ejecutivos de todos los países tiendan a hacerse más sentidos, más directos. Incluso los pensadores más liberales, forjadores de la tradición liberal de los siglos XVIII y XIX, plantearon que en momentos de emergencia el gobierno tenía que –justamente porque su función era dar seguridad, tranquilidad a la población- tenían que tomar una serie de acciones más audaces, más presentes en la vida ordinaria. “En caso de emergencia rompa el vidrio”, como dice el viejo adagio. Pero así está el poder de prerrogativa planteado por John Locke, así está la idea según la cual la constitución no es un pacto suicida. Es decir, no es que el gobierno está de manos atadas cuando exista una emergencia. También en este momento global de regresión democrática, en el cual los ejecutivos se sienten más frustrados por la presión del legislativo, de la opinión pública descontenta, de las crisis económicas que merodean todo el entorno global, pues viene la tentación de aprovechar esta coyuntura de poder eliminar a la oposición en términos prácticos, acallando funciones públicas, manifestaciones, los mecanismos ordinarios de control parlamentario, o más bien aprovechándolo para hacerlo de manera permanente. Es decir, es distinto cuando una democracia lo hace porque mientras se sostengan las instituciones, lo más probable es que cuando se pase la emergencia haya un momento de responsabilidad, de rendición de cuentas que no ocurre en los sistemas autoritarios. El gran problema de los sistemas autoritarios es que justamente se van a aprovechar de estas circunstancias para establecer esta serie de abusos, si no existen ya, de manera permanente y justificados por el natural pánico existencial que provoca el coronavirus.

Tanto es así que surgen una serie de teorías conspirativas, que van en contra de los hallazgos científicos, precisamente para desmotivar la acción del estado en estas tareas. El ciudadano debe ser vigilante, no debe tomar las cosas de primera mano, pero uno de los grandes problemas del mundo actual es que en medio de la desconfianza, de las fake news, de la precariedad de las relaciones de legitimidad entre gobernantes y gobernados se genera un vacío que en democracia es peligrosísimo y en sistemas autoritarios fortalece al poder. ¿Qué ventaja tienen las democracias? Que está la rendición de cuentas, la multitud de centros de poder que permite que nadie pueda hacerse con el poder absolutamente. En sistemas autoritarios pues vemos lo que vemos: criminalización del disenso, de las investigaciones, de la exigencia social de la información. Y en ese sentido también una criminalización de la búsqueda de una vida civilizada que es quizás el negado más grave en los sistemas autoritarios.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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