Cardenal, Iglesia Católica, Pobres

In memoriam MONS. HELÍMENAS ROJO PAREDES, por Cardenal Baltazar Porras Cardozo

Escribo esta crónica en el domingo de la misericordia, bajo la experiencia pascual de ver morir a tres obispos eméritos venezolanos. La Resurrección de Jesús es el punto de partida y la plenitud de nuestra fe. Nos corresponde hacerla creíble a través de los signos de vida hacia los demás. Cada persona deberá decidir qué signos de vida ha de dar en los momentos y en las circunstancias de cada día. En ellos veo a los siervos buenos y fieles que lo dieron todo a lo largo de su paso por la tierra rumbo a la vida eterna.

Mons. Helímenas Rojo Paredes, sacerdote eudista y arzobispo de Calabozo expiró su último aliento el viernes de pascua a escasos días de cumplir los 95 años de edad. Había nacido en la confluencia de los estados andinos de Trujillo, Barinas y Mérida el 22 de abril de 1926. De familia de hondas raíces cristianas, adolescente ingresó en el seminario eudista de Kermaría, en La Grita, pasando luego a realizar noviciado y estudios de filosofía en Valmaría como alumno de la Universidad Javeriana de Bogotá. La teología la cursó en Roma en la Universidad Gregoriana recibiendo la ordenación en Roma en el año santo decretado por el Papa Pío XII.

Los seminarios de Maracaibo, Kermaría, e Interdiocesano de Caracas lo tuvieron como profesor y rector por muchos años, fiel a la vocación de formadores del clero propios del carisma de San Juan Eudes. Así transcurrieron los primeros treinta años de ministerio sacerdotal, en los que aprovechaba los tiempos fuertes para ir de misiones con un grupo de jóvenes a sitios apartados. Los Nevados de Mérida lo recuerdan con cariño por sus incursiones en aquel pintoresco pueblo cuando todavía no había carretera, subiendo en el teleférico hasta Loma Redonda para luego atravesar las alturas a lomo de una buena mula.

En 1980 recibió la ordenación episcopal en la catedral de Mérida donde vivían varios de sus hermanos, de manos de su compañero y maestro Mons. Miguel Antonio Salas para sucederlo en la sede llanera durante 22 años hasta su retiro en el 2002. Hasta su muerte permaneció en Calabozo, ayudando y alentando algunas de las obras que había promovido. Puso especial énfasis en la promoción de la causa de beatificación de Mons. Arturo Celestino Álvarez, predecesor en la sede calaboceña.

Guardo un recuerdo agradecido de su persona. Fue mi primer Prefecto de disciplina en el Seminario Menor caraqueño y años más tarde, mi Rector en el Seminario Mayor Interdiocesano durante los estudios de filosofía. Serio y exigente, austero y cumplidor, puntual y puntilloso en la exigencia del reglamento diario, ameno profesor. Lo llamábamos “Rojito” por su tamaño y silencioso andar que descubría las travesuras que inventábamos en medio de la rutina diaria.

Promotor de vocaciones, propio de su carisma eudista, con el matiz misionero que lo llevaba a incursionar en lugares apartados para evangelizar. Durante muchos años pasaba unos días de vacaciones en Mérida al lado de los suyos, en los que no faltaba el contacto con Mons. Salas, fiel seguidor de sus pasos.

Somos muchos los de esas generaciones que portamos en nuestras sienes las huellas de aquella férrea formación humana, cristiana y sacerdotal. Entre sus exalumnos hay obispos, sacerdotes, profesionales, padres de familia, hombres de bien que han esparcido la semilla del buen grano recibido en los predios del Seminario. En la Catedral de Calabozo reposan sus restos para memoria de los fieles de la feligresía llanera que tiene un claro espejo de entrega y servicio en los obispos que han estado al frente de esa circunscripción eclesiástica. Cargado de años y de méritos descansó en el Señor a la espera de la resurrección definitiva. Descanse en paz, querido maestro y amigo.

32.- 10-4-21 (3768)

 

 

 

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