Cardenal, Iglesia Católica, Pobres

La crónica menor: SAN IRENEO DE LYON, DOCTOR DE LA IGLESIA, por ardenal Baltazar Porras Cardozo

El título de doctor es uno de los reconocimientos de la Iglesia a hombres y mujeres, papas, obispos, sacerdotes y religiosas que se han distinguido por la profundidad del pensamiento cristiano, del que dejaron huella a través de sus escritos. Es un privilegiado grupo que, con el último nombramiento en la persona y obra de San Ireneo, asciende a 38 a lo largo de la bimilenaria existencia de la Iglesia católica. En 2015 Francisco proclamó como tal al armenio del siglo X San Gregorio de Narek. Benedicto XVI proclamó 2 doctores: el español San Juan de Ávila y su compatriota, la alemana Santa Hildegarda de Bingen. Juan Pablo II sólo proclamó como tal a Santa Teresita de Lisieux, en 1997. Y Pablo VI fue el primero en proclamar a mujeres como doctoras: la española Santa Teresa de Jesús y la italiana Santa Catalina de Siena.

San Ireneo, procedente del Asia Menor, probablemente de Esmirna, fue discípulo de San Policarpo, que a su vez lo fue de San Juan el Evangelista, el único apóstol que no murió mártir. Llegó a Lugdunum, en la Galia (Lyon, en la actual Francia) ya como sacerdote, y luego fue su obispo, a finales del siglo II y primeros años del siglo III. Es considerado el primer gran teólogo del cristianismo, por la extensión y profundidad de su fe, de allí la importancia del estudio de su pensamiento, expresado en sus extensas obras, conservadas en su mayoría para la posteridad. Nadie mejor que él para comprender el espíritu del cristianismo primitivo. Con particular maestría convence del error de los teólogos que afirmaban que la Iglesia había falsificado el pensamiento de Jesucristo.

Con los filósofos neoplatónicos apoyaba el diálogo, y pedía paciencia con los montanistas, que eran cristianos fanáticos de estilo carismático que se autoinculpaban en persecuciones y se movían por profecías convencidos del inminente fin del mundo. Ireneo fue muy duro con los gnósticos, sectas parecidas a la actual Nueva Era: sacaban dinero a los ricos ofreciéndoles cursos de supuesta «sabiduría» hermética y oculta, perfectamente inventada.

Francisco explica en su breve decreto su objetivo al proclamar así a Ireneo, la unidad entre cristianos: “San Ireneo de Lyon, que vino de Oriente, ejerció su ministerio episcopal en Occidente: fue un puente espiritual y teológico entre los cristianos orientales y occidentales. Su nombre, Ireneo, expresa esa paz que viene del Señor y que reconcilia, reintegrando en la unidad. Que la doctrina de tan gran Maestro aliente cada vez más el camino de todos los discípulos del Señor hacia la plena comunión”.

Cuando leemos el libro “Contra las herejías”, apreciamos su ironía crítica: «Ellos [los gnósticos] y a mi juicio con toda razón, no quieren enseñar abiertamente a todos, sino sólo a quienes pueden pagar bien por tales misterios. Pues estas cosas no se parecen a aquéllas de las que dijo el Señor: «Dad gratis lo que gratis habéis recibido» (Mt 10,8); porque estos son misterios abstrusos, portentosos y profundos elaborados con gran trabajo para aquellos a quienes les encanta ser engañados», escribía.

Vale la pena hurgar en las redes o en las bibliotecas sus obras y los escritos sobre él, pues nos permiten conocer el pensamiento de los padres de la Iglesia, es decir, aquellos hombres de los primeros siglos que le dieron cuerpo a la doctrina y praxis cristiana en un mundo de culturas lejanas al pensamiento cristiano que se abría paso, principalmente en torno al Mediterráneo dominado en gran parte por el imperio romano.

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