Afganistàn

El regreso de los Talibanes tras 20 años de “ausencia”, por Francisco Fraíz

La vertiginosa e “inesperada” reconquista de los talibanes de Afganistán, que el 15 de agosto del 2021 remató tras tomar control militar de la ciudad capital de este país, Kabul, sorprendió al mundo entero. El término Talibán literalmente significa estudiante y, en efecto, son estudiantes que aprenden de memoria a recitar el Corán, el texto sagrado del Islam. La mayoría de los estudiantes se forman en Madrasas (con este término se conocen los centros de formación religiosa) desde temprana edad, aprenden de memoria a recitar el libro sagrado de los musulmanes, pero no desarrollan capacidades amplias de interpretación de lo que puede extraerse de tan importantes escrituras. Las zonas en las que se ubican estos centros de formación, se encuentran en regiones fronterizas entre Afganistán y Pakistán, en las que circulan integrantes de múltiples grupos étnicos que viven una vida precaria, con perspectivas poco prometedoras de futuro, por lo que formar parte de un grupo poderoso, que es a la vez temido y respetado en la sociedad, representa una posibilidad de vida atractiva. La decidida convicción de los talibanes que por el solo hecho de “conocer” las escrituras sagradas, les da el “derecho” a ser decisores de la vida política y social del país, los impulsó a incorporarse a la resistencia armada en la época de la ocupación Soviética de ese país (1979-1988) como integrantes de los denominados muyahidines (combatientes), pasando más adelante a convertirse en una facción más que disputó el control militar de diversas regiones de Afganistán, hasta que a mediados de la década de los noventa del siglo XX, consiguieron controlar la mayor parte del país.

La convicción de ser los “auténticos intérpretes” de la Sharia (conjunto de compilaciones que reúnen el texto sagrado, los Hádices o tradiciones de lo que hizo y dijo Muhammad, el profeta del Islam, escrituras de teólogos, etc.), conocida como “ley islámica”, es profundamente poderosa en sus integrantes que, a pesar de ser muy rudimentaria, confunde a quienes no están familiarizada con ella, en el sentido de llegar a creer que la interpretación de los talibanes afganos “es” la Sharia islámica. Los talibanes practican una rama de la sunna (tradición, corriente mayoritaria del Islam) conocida como deobandí, corriente fundada por un reformador religioso en el siglo XIX en lo que en aquel momento era el territorio del Raj británico en el subcontinente indio. Junto a las tradiciones tribales, la peculiar manera en que los talibanes afganos comprenden la Sharia, sin establecer una clara separación entre costumbres, leyes o respeto a las prescripciones religiosas, genera una niebla que hace difícil separar una cosa de la otra o, para expresarlo en términos más comprensibles, mezclan peras con manzanas. A lo anterior se le suma que al no distinguir los elementos antes mencionados y unirlos con la política, genera una amalgama de convicciones que refuerza en los integrantes de esta agrupación de que son los depositarios de la razón, de lo correcto, y lo que no se ajuste a su particular visión e interpretación de la realidad, queda al margen de lo que están dispuestos a tolerar o aceptar.

 

Los Antecedentes Conocidos

Esto fue lo que sucedió desde mediados de la década de los noventa del siglo anterior hasta septiembre del 2001, cuando los talibanes se impusieron tras conquistar la mayor parte del territorio afgano, aplicando una serie decretos que prescribían un cúmulo de prohibiciones difíciles de asimilar y comprender en países que han asumido valores y principios de tolerancia, pluralidad, multiculturalismo y convivencia de distintos cultos religiosos, grupos étnicos, lenguas y nacionalidades; tales como prohibir a las mujeres mostrar cualquier parte de su cuerpo, obligándolas a usar un peculiar vestido tribal conocido como burka, pintarse las uñas, usar zapatos de tacón porque “generan un ruido perturbador”, escuchar música “estridente a alto volumen”, salir a la calle sin compañía masculina o educarse a cualquier nivel. En el caso de los hombres los obligan a dejarse crecer la barba pero no pueden dejarse crecer el cabello, porque de lo contrario serán sometidos a castigos corporales como azotes públicos, entre algunas que se pueden destacar. Aunque puedan sonar ridículas, estas prohibiciones arruinan la vida del conjunto de integrantes de esa sociedad, debido a que se trata de reglas no consensuadas que impone una facción que ha llegado al poder por la fuerza, segregando a quienes no son del grupo étnico del que forman parte (en este caso los pashtunes, que es el grupo étnico predominante en Afganistán, pero que no llega a ser siquiera la mitad de los habitantes de ese país), es decir, no fueron discutidas en una institución como el Parlamento, donde se elaboran las leyes que se supone todos los sectores de la sociedad están representados.

Teniendo en cuenta lo indicado anteriormente, tras los atentados del 11 de septiembre del 2001, los talibanes se negaron a entregar a Osama Bin-Laden, líder en aquel momento de la organización Al-Qaeda (la red), quien públicamente declaró su beneplácito por tales atentados en aquella oportunidad, además de asumir responsabilidad por lo sucedido. A consecuencia de ello, rápidamente se constituyó una coalición internacional liderada por los Estados Unidos, de la que formaron parte los países que integran la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), la cual desplazó del poder al régimen Talibán e inició una incesante búsqueda de los líderes de Al-Qaeda. Públicamente declararon que el objetivo no se limitaba únicamente a dar con el paradero de las cabezas conocidas de esta organización y derrocar al régimen que permitió que en el territorio que controlaron, tales personajes siguieran a sus anchas, sino que la presencia de tropas extranjeras impulsaría un proceso de transición política que le permitiría a los ciudadanos afganos elegir a sus gobernantes y legisladores, dar al traste con las prohibiciones impuestas por los talibanes y cooperar para la recuperación económica y mejoramiento de la vida cotidiana de la población afgana, por lo tanto, representó el inicio de una etapa que, aparentemente, pondría fin al sufrimiento de décadas de guerra entre facciones, así como de imposiciones que arruinaron la vida de la población que estuvo a merced de esta facción.

El Inesperado Retorno al Poder

Lo ocurrido recientemente con la conquista de la casi totalidad del país bajo control de los talibanes, representa para los afganos el deja vu de una pesadilla que pensaron habían dejado atrás. Volver a vivir prohibiciones como las mencionadas, especialmente para las mujeres, les resulta angustiante asumir que no podrán educarse nuevamente y volver a una vida confinada al hogar en la que su personalidad queda anulada, por lo cual es normal que una situación de tal naturaleza genere altos niveles de incertidumbre.

Lo que desconcierta a quienes no están familiarizados con lo que sucede en este país, es que las potencias occidentales, lideradas por Estados Unidos, radica en el repentino, desordenado y desesperado retiro de las tropas de la OTAN, dejando a su suerte, “abandonados”, a los afganos que prestaron servicio en calidad de traductores, intérpretes, asistentes y cualquier otro tipo de función con las tropas foráneas que estuvieron casi 20 años en Afganistán. Por estas razones temen represalias para sí mismos, sus familiares, amigos y conocidos bajo la probable acusación de “traición”, “trabajar para extranjeros”, ser sometidos a epítetos y escarnio público, sin importar cuán cierta o no sean las acusaciones que reciban del «nuevo» régimen que los talibanes aparentemente volverán a imponer. Hasta el momento, los talibanes han demostrado ser hábiles y cautos en la comunicación de sus mensajes divulgados en medios de comunicación masivos, así como en las redes sociales, señalando que no impondrán prohibiciones draconianas como en el pasado y que serán tolerantes con todos los sectores de la sociedad, incluyendo a quienes colaboraron con las tropas extranjeras.

Desde el año 2018, el expresidente norteamericano Donald Trump venía negociando con los talibanes un eventual retiro de las tropas estadounidenses de Afganistán en 2021 en la ciudad de Doha, capital del Emirato de Qatar, no obstante, la manera en que se llevó a cabo dicho retiro durante la actual administración del presidente Joseph Biden dejó mucho que desear, tanto para el observador más conocedor de la situación, como para el más desprevenido. Las escenas de desesperación que se vieron en los noticieros de las grandes cadenas y en las distintas redes sociales a nivel global de personas tratando de aferrarse a aviones civiles y militares en el aeropuerto de Kabul, buscando huir como sea, deterioró profundamente el prestigio y percepción del poder de los Estados Unidos y de la OTAN como coalición militar más importante del planeta.

A lo anteriormente indicado, el monumental contraste visual entre las tropas de la OTAN y un combatiente talibán, refleja una desigualdad evidente; es decir, el soldado común de una potencia industrializada que tiene una carga de 30 kilos a su espalda, está bien armado, pertrechado y entrenado, con un desarrollo físico y un profesionalismo para combatir que en principio demuestra, en apariencia, una superioridad sustancial a la de su contraparte; que usan sus vestimentas tribales tradicionales, su armamento no es superior al de un ejército profesional, su apariencia física no refleja un desarrollo muscular sobresaliente; salta a la vista que la “falta de profesionalidad” para el combate importa menos que el nivel de convicción de las razones por las que combaten.

Otro hecho que desconcierta es que la abrumadora superioridad tecnológica de los servicios de inteligencia de las potencias industrializadas, que cuentan con satélites que pueden seguir en tiempo real lo que sucede en cualquier parte del mundo, ha demostrado no ser suficiente para imponer sus intereses sino conocen la cultura autóctona de la región que se deseen “controlar”. El arsenal militar abandonado que seguramente será aprovechado por los talibanes, genera amplios temores del uso que esta facción o cualquier otra le pueda dar, contándose por miles sumando aviones, helicópteros, tanques blindados, vehículos de combate y transporte de tropas y suministros, además de piezas de artillería, fusiles, municiones y cualquier otro tipo de armamento. La sola mención de armamento “abandonado”, significa miles de millones de dólares dejados en el terreno, que deja la interrogante de “para qué” se gastó tan multimillonaria cifra para evitar “un nuevo ataque terrorista”.

 

Los Otros Actores de una Compleja Ecuación

Desde el punto de vista geopolítico, a muchos sorprendió el rápido reconocimiento del régimen Talibán por parte de Rusia y de China, pero quizá desconocen que ambos países tienen minorías musulmanas dentro de sus territorios que reclaman independencia en la región del Xingjian, al oeste de China, donde unos 50 millones de uigures musulmanes desafían la represión a la que han sido sometidos por el gobierno de Pekín; así como en la zona de Chechenia y Daguestán, al suroeste de Rusia, cercana a la región del Cáucaso. En el pasado, combatientes musulmanes fueron entrenados en Afganistán que crearon problemas en esas zonas, por lo que es lógico que estas potencias deseen que los talibanes asuman el compromiso de que el territorio que controlan deje de ser “semillero” de combatientes que desestabilicen los intereses de Moscú y Pekín. Hay que considerar también que los países fronterizos como Turkmenistán, Uzbekistán y Tayikistán al norte; la República Islámica de Irán al oeste y Pakistán al sur y al este; deseen hacer prevalecer sus intereses en este país, defendiendo a minorías cercanas étnica y culturalmente que deambulan por sus zonas fronterizas; a lo que hay que agregar que la India no desea que de territorio afgano salgan combatientes que le creen problemas en la región de Cachemira, a pesar de que no ha manifestado explícitamente su posición ante esta nueva realidad.

El desenlace que esta situación ha generado, ha hecho surgir una interpretación del “fin de la supremacía global norteamericana”, lo cual en principio suena un tanto apresurado, más allá de que la intervención militar en las relaciones internacionales no traen siempre resultados a largo plazo para las grandes potencias, como en cualquier etapa de la historia que se estudie en profundidad. En cualquier proceso de este tipo, sólo el tiempo dirá qué deparará esta nueva etapa que no ofrece perspectivas prometedoras.

 

Francisco Fraíz.

Historiador.