In memoriam VICENTE IGNACIO IRÁZABAL CARRASQUEL , por Cardenal Baltazar Porras Cardozo

El 30 de septiembre de 2021, a escasos tres días de haber cumplido 82 años de edad, falleció en San José de Costa Rica, el arquitecto Vicente Irazábal, rodeado de su esposa, hijos y nietos. Hay ausencias que dejan un gran vacío porque su trayectoria vital deja una estela de bien y un testimonio de vida cristiana que supera el ámbito familiar para convertirse en un apóstol en el ejercicio de su profesión.

Desde mis primeros años sacerdotales tuve la dicha de compartir con dirigentes de fuste del Movimiento de Cursillos de Cristiandad. Vicente y Mildred, su esposa, rectores de cursillos, incursionaron en más de una ocasión en el Guárico. Nació así una amistad que se acrecentó en el tiempo al compartir tareas eclesiales que me permitieron calibrar la hondura de su fe, la madurez de su formación cristiana y el afán permanente de multiplicar las exigencias de su fe en la formación de catequistas y en la pastoral familiar en los cursos prematrimoniales. La proyección social de su compromiso con los más pobres lo plasmó en un exitoso plan de alimentación escolar en Carabobo, Lara y Yaracuy.

La urgencia de organizar la visita del Papa Juan Pablo (enero 1985) lo convirtió en mi mano derecha junto con Manuel Silva Guillén y José Domínguez Ortega. El Padre Cesareo Gil a quien consulté nombres para tamaña empresa, me sugirió dichos nombres y fueron llamados a su oficina inmediatamente para preguntarles si estaban dispuestos a asumir el encargo, que conllevaba dejar sus ocupaciones ordinarias y los compromisos familiares. Fueron jornadas de más de quince horas1 diarias de trabajo que culminaron en el exitoso viaje apostólico del Papa polaco. No solo mostraron las galas de su profesionalismo sino que pusieron en alto las convicciones cristianas que nos hizo vivir aquellos meses con sobresaltos, pero por encima de todo, con espíritu de fe y esperanza que se vieron coronados con una preparación impecable y una presencia pontificia que dejó huella en la acción pastoral de la Iglesia venezolana. Con ellos mismos, y con Vicente a la cabeza, asumimos la preparación del segundo viaje del Papa en 1996. La experiencia hizo mucha más llevadera esta segunda visita papal que dejó también honda huella.

La amistad con Vicente y su familia creció y tuvimos oportunidades para crecer en sueños y proyectos evangelizadores y de ayuda a las madres y niños de menores recursos. Las trabas políticas acabaron con dichos programas y la familia toda se vio obligada a emigrar a Costa Rica desde hace catorce años. Tuve la dicha de visitarlos en tres ocasiones en esa bella tierra centroamericana y disfrutar de la alegre hospitalidad de toda la familia y a iniciativa de ellos, visitar conventos, parroquias y encuentros con los venezolanos que viven allá.

Vicente nació en Caracas el 26 de septiembre de 1939. Cuatro días después de cumplir 82 años, entregó su alma al creador. Arquitecto por la UCV (1962), profesor de diseño en la facultad de arquitectura y urbanismo de esa casa de estudios por dieciocho años. Músico y percusionista, salsero en las tumbadoras, amante de la pesca y excelente jugador de dominó, deportista y bueno en las caimaneras de beisbol. En el movimiento de Cursillos de Cristiandad, desde mayo de 1962, pulió su vocación cristiana y con Mildred Zurita unió su vida el 19 de septiembre de 1962, siendo ambos diligentes dirigentes en el dicho movimiento. Bajo la guía del Padre Gil y del Padre Castaño, se curtió en diversas iniciativas pastorales, que amplió en su animación en varias parroquias caraqueñas. En su última etapa en el exterior asistía en compañía de los suyos a la eucaristía en el convento de las Carmelitas Descalzas de Escazu. Hogareño, fue ejemplo y maestro para sus hijos, yernos, nueras y nietos, en todo y en la alegría de compartir sencillamente la vida cotidiana.

San Juan Pablo II nos invitaba a descubrir modelos de vida cristiana cercanos en el tiempo en el espacio. El Papa Francisco nos recuerda que «la mejor motivación para decidirse a comunicar el Evangelio es contemplarlo con amor, es detenerse en sus páginas y leerlo con el corazón» (EG 264)  Fue lo que hizo en su vida nuestro querido Vicente. Descansa en paz  e intercede por nosotros.