Cardenal, Iglesia Católica, Pobres

In memoriam MONS. ROBERTO ANTONIO DÁVILA UZCÁTEGUI, por Cardenal Baltazar Porras Cardozo

En la madrugada del 25 de octubre de 2021 cerró sus ojos al sol para abrirlos al bondadoso Padre de la misericordia, Mons. Roberto Dávila, obispo auxiliar emérito de Caracas. Había nacido en el sector La Pedregosa de la ciudad de Mérida el 6 de noviembre de 1929. Estaba a punto de cumplir 92 años de edad. A los once días de nacido recibió las aguas bautismales en la parroquia del Llano. Su infancia y adolescencia transcurrieron en su tierra natal; ingresó al Seminario de Caracas donde cursó el menor y la filosofía. Enviado a estudiar a Roma como colegial del Pío Latinoamericano y alumno de la Pontificia Universidad Gregoriana donde obtuvo la licenciatura en Teología. Acompañó a Mons. José Humberto Quintero Parra, entonces, arzobispo coadjutor recién ordenado en Roma, a la audiencia con el Papa Pío XII. Es uno de los dos seminaristas de rodillas que figuran en la foto recuerdo. Años más tarde sacó título de docente, pues la enseñanza fue una de sus pasiones.

Ordenado presbítero por Mons. Acacio Chacón Guerra, arzobispo metropolitano en la catedral de Mérida el 31 de octubre de 1954. Estaba a punto de cumplir 67 años de vida sacerdotal. Vicario Cooperador en la céntrica parroquia de San Miguel del Llano en la capital, inmensa circunscripción que abarcaba entonces la parte sur de la ciudad serrana, con amplias fincas cañeras y las zonas bajas hasta las inmediaciones del río Chama. A la caída de Pérez Jiménez, en 1958, la zona aledaña al aeropuerto y las riberas del Chama se poblaron sin orden ni concierto por gentes venidas, principalmente, de los pueblos del sur, aislados, sin vías de comunicación.

Le tocó hacerse cargo por disposición superior, primero de la Rectoría y más tarde (1959) la parroquia San José Obrero, quizá su obra más emblemática, presente en el recuerdo de sus habitantes todavía hoy. Me sorprendió gratamente, cuando me tocó realizar la visita pastoral a dicha parroquia, constatar el cariño y la veneración a la persona del Padre Dávila. En la mayoría de los hogares, en medio del altar familiar, la foto del párroco no podía faltar, dando la primera comunión a alguno de los hijos o presenciando la boda de los dueños de la casa. La noticia de su muerte ha conmovido a la gente de Campo de Oro y en el templo que él inició se celebrará misa exequial en sufragio de su querido y siempre añorado párroco.

Se dedicó con fuerza a la evangelización, aprovechando la rica religiosidad popular de sus habitantes. Fundó la Confraternidad de la Doctrina Cristiana, especie de cofradía o movimiento seglar, recomendado por la Instrucción Pastoral del Episcopado Venezolano (1957), con éxito increíble, pues se mantiene viva en el tiempo en la formación cristiana y catequética. De allí surgieron líderes cristianos populares y letrados. A sus afanes nació también la obra juvenil Soldedi, que ha dado el mayor número de vocaciones sacerdotales de la arquidiócesis. Dieciséis sacerdotes han sido fruto de su trabajo que se prolongó en el tiempo, cuando ya estaba en otros quehaceres pastorales.

A la labor catequética unió la construcción del templo que ha sido remozado y ampliado en las décadas sucesivas; consiguió el terreno para la capilla inicial que se convirtió más tarde en la parroquia San Juan Apóstol; en las riberas del Chama construyó capillas, la primera de ellas en Las tienditas, de las que han surgido nuevas parroquias eclesiásticas. Con la ayuda de los vecinos, a pico y pala, se logró bajar de la meseta a las orillas del río por un fragoso camino carretero. En el campo educativo, fundó escuela y liceo parroquial en los terrenos vecinos a la iglesia. Fue en San José Obrero, un todo terreno, un sacerdote que supo congeniar la fe y el servicio al prójimo, de forma integral, respetando y potenciando la identidad andina.

El 10 de septiembre de 1972 recibió la ordenación episcopal para regir el extenso territorio apureño de la Prelatura Nullius, en sustitución de Mons. Ángel Polachini Rodríguez, trasladado a la diócesis de Guanare; dos años más tarde (1974), al erigirse como diócesis se convirtió en el primer obispo de la diócesis de San Fernando. Mentalidad y cultura llanera, distinta a la andina. Con su sencillez y desprendimiento recorrió las comunidades del estado, escaso de sacerdotes y de catequistas, con carreteras que dejaban y dejan mucho que desear. Fundó el colegio San Fernando para la educación de la juventud. Le acompañó de Mérida el Padre Ignacio Villa, eudista, a quien nombró vicario general. Tuve ocasión de visitarlo en varias oportunidades y constatar la precariedad y frugalidad con la que vivía. En eso fue un ejemplo de desprendimiento y de asumir la pobreza personal como una virtud, lo que le confería autoridad ante la pobreza de medios con los que contaba la nueva diócesis.

Veinte años en el llano mermaron sus fuerzas siendo trasladado a Caracas como obispo auxiliar del Cardenal José Alí Lebrún. Corría el año de 1992. Se dedicó a la pastoral de la salud, visitando hospitales y atendiendo enfermos. Recurría con frecuencia a las oficinas de Caritas en Montalbán a buscar medicamentos para las muchas solicitudes que se acercaban a él. Cumplida la edad canónica de la renuncia (2004) continuó trabajando hasta que las enfermedades y los años lo confinaron a su casa de habitación en El Paraíso donde contó con el cariño y la atención de sus sobrinos, familiares y amigos. En el panteón de la Catedral de Caracas, dedicado a los obispos auxiliares, recibirá cristiana sepultura en misa exequial que presidiré en compañía de sacerdotes y amigos. Que el Beato José Gregorio en su día litúrgico lo conduzca a los pies de Jesús y María. Ejemplo de pastor con olor a oveja, silencioso pero cumplidor. Descanse en paz.

61.- 25-10-21 (5788)