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La crónica menor: HACE SESENTA AÑOS, por Cardenal Baltazar Porras Cardozo

La crónica menor

HACE SESENTA AÑOS

 

Cardenal Baltazar Porras Cardozo

 

En la majestuosa basílica romana de San Gregorio in monte Celio, iglesia titular del Cardenal José Humberto Quintero Parra, confirió la consagración episcopal, la primera en su larga lista de ordenaciones, al Pbro. Miguel Antonio Salas, de la Congregación de Jesús y María, Padres Eudistas. Había sido nombrado por el Papa Juan XXIII, obispo de Calabozo en sustitución de Mons. Domingo Roa Pérez, quien había sido trasladado a Maracaibo en sustitución a su vez de Mons. Rafael Pulido Méndez, quien pasó como Coadjutor a Mérida. Era el 2 de febrero de 1961, hace sesenta años.

Mons. Salas fue el primer sacerdote venezolano hijo de San Juan Eudes. Con él comienza el rostro criollo de su congregación, dedicada entonces a la formación sacerdotal en varios seminarios. Hoy, comparten este carisma, con la atención a parroquias y al otro carisma, la misión. Miguel Antonio Salas inició su camino de formación en Kermaría, en La Grita para continuarlo en Valmaría, y en la Universidad Javeriana de la capital colombiana. Un año en Santa Rosa de Osos, donde atendían el Seminario, para pasar al Seminario Santo Tomás de Aquino, en su vieja sede en San Cristóbal. Primero, como parte del equipo a la vera de otro gran formador, el P. Lorenzo Yvon, a quien sustituyó como rector en 1948 hasta 1954.

Durante su rectoría, siendo obispo de San Cristóbal, Mons. Rafael Arias Blanco, se abrió el segundo seminario mayor de Venezuela, en 1950. Trasladado a Caracas el obispo Arias Blanco como coadjutor de Mons. Lucas Guillermo Castillo Hernández, gestionó llevar a los Eudistas al Seminario Interdiocesano de la capital en sustitución de los padres de la Compañía de Jesús. Corría el año 1954, y su primer rector por un sexenio (1954-1960), fue Miguel Antonio Salas. En 1956 se inauguró el nuevo edificio del Seminario Menor, a cuya bendición a cargo del Arzobispo Arias Blanco, acudió el General Marcos Pérez Jiménez. El Rector se mezcló con los seminaristas del Mayor y no saludó al Presidente, detalle que no pasó inadvertido al dictador, quien se lo reclamó al Arzobispo. Ese día, en la mañana, los adolescentes que formábamos parte del Menor, recibimos la mejor lección de formación social, moral y cívica, de parte del Rector. No podía él, nos dijo en la mañana, darle la mano a quien las tenía manchada de sangre por las torturas y muertes a sus adversarios políticos.

Entregado el rectorado del Seminario en el verano de 1960 se dirigió a Paris a continuar estudios. Otro era su destino pues allá recibió la designación del Papa Juan XXIII como obispo de Calabozo. Coincidió en el tiempo el nombramiento cardenalicio de Mons. Quintero, recibiendo la ordenación de sus manos y lo acompañó en el regreso a la patria en febrero de 1961. En vísperas de la semana mayor, en el caluroso mes de marzo, tomó posesión de su obispado. Todo el Seminario tenía la ilusión de ir a Calabozo, pero solamente fuimos dos, para cubrir la noticia y publicarla en la revista Vínculo. De Dos Caminos a Calabozo, la carretera de tierra, tragando polvo en el carro que conducía el P. Bonenfant, pues no era corriente los vehículos con aire acondicionado.

Dieciocho años al frente de la grey llanera, a la que visitó varias veces hasta el último caserío. Reabrió y amplió el Seminario Josefino, celebró el centenario de la diócesis, padre conciliar en el Vaticano II, creó parroquias, edificó templos y capillas, duplicó el número de sacerdotes y se ganó el corazón de los guariqueños. En agosto de 1979, el Papa Juan Pablo II lo trasladó como arzobispo metropolitano a Mérida. Tomó posesión el 15 de septiembre, fiesta de la Virgen de los Dolores, titular de su aldea nativa, Sabana Grande de La Grita. En doce años, hasta su retiro por edad, levantó la diócesis andina. Volvió a implantar el seminario mayor, preparó y recibió la primera visita del Papa (1985), creó el Centro de Estudios Juan Pablo II para la formación de las novicias de una docena de congregaciones religiosas, y para la formación a distancia del laicado. Modernizó la presencia en los medios de comunicación con la creación de la Televisora Andina de Mérida y los equipos del Diario El Vigilante. En su relación con la Universidad de los Andes, fortaleció el Archivo y Museo Arquidiocesano.

Pastor bueno, humilde, piadoso, imitador en la pobreza evangélica de los mejores santos, pasó sus últimos años de vida, desde diciembre de 1991 hasta su muerte el 30 de octubre de 2003, ejerció como buen párroco en su aldea nativa, dedicado a la oración y la atención de sus paisanos. La causa de su beatificación fue abierta en Mérida a petición de muchos. Sus restos reposan en la cripta de la catedral metropolitana de Mérida, visitada por sus muchos devotos. Dios quiera y pronto lo tengamos en los altares como uno más de los muchos obispos latinoamericanos que han sido ejemplo de santidad y de entrega generosa a su pueblo.

11.- 2-2-21 (4928)